19 marzo 2017

A portagayola

A portagayola


       Me van a permitir el desliz —mis vecinos del barrio, digo—, y que me perdonen llegado el caso, pero este texto me lo suscribo solito. No por insana vanidad, ni mucho menos, sino porque el tema tiene su miga y no quiero que nadie reciba una cornada por mi culpa. Esto es cosa mía, y va de toros. O de vaquillas, tratándose del Casco Antiguo. Verán.

A mí lo de la tauromaquia ni me gusta ni me deja de gustar. Es algo con lo que crecí, siendo yo niño y tan normal en las tardes de domingo de la “2”, mucho antes de que los toreros fueran los proscritos y los colectivos semidesnudos del televisor, teñidos hasta la golilla con vete tú a saber qué pringue roja, los justicieros abnegados de los bovinos. Mi abuela se embelesaba viendo a los valientes maestros salir al coso, y sonreía encantada, y sufría y se emocionaba con el lance —de poder otra vez, ahora me habría comido a besos cada arruga de su cara de vieja—, y claro, eso es algo que está muy arraigado en mis entrañas. Lo respeto, por tanto, aunque he de confesar que me aburren soberanamente. Pues bien. Llega San José y con ella las vaquillas del Casco Antiguo. Otra vez. Y por ahí no paso sin pegar un capotazo.

Que no es porque las vaquillas sean deplorables, ni lo dejen de ser, ni siquiera porque atenten contra los derechos animales o supongan una fiesta arraigada en el pasado. Ni por mi abuela. No. Es porque hay tanto que hacer en este barrio nuestro que sacar unas vaquillas a paseo se me antoja un disparate. Y qué mejor escaparate que las ruinas que nos circundan –digno coso para tal despropósito-, cuando los solares están colmados de basura, cuando los vecinos se nos marchan expropiados o derrotados a otras plazas, cuando los “cabestros” campan a sus anchas, cuando los parques piden a gritos que se les mime, cuando las calles suponen obstáculos y los turistas murmuran por cuanto ven y palpan. Si tuviera que torear en este ruedo, me sobra el traje de luces y la chicuelina. Bagatelas. Porque los morlacos son esos otros, los que afean la plaza y la colman de tristeza, y no las pobres vaquillas que servirán de asueto por un rato, mientras a su alrededor décadas de abandono las contemplan. ¿Que una cosa no quita a la otra? ¡Que venga Dios y lo vea! He visto más vaquillas en estos años que papeleras hay en medio barrio. Al Casco Antiguo se tiene que venir fiero, a torear miserias, porque es necesario, es de justicia y es nuestro.

Y ahora que suenen los clarines y lluevan las cornadas, y lo que tenga que ser. Es lo que tiene salir al ruedo. Pero prefiero mil veces un columpio más para nuestros hijos, un contenedor soterrado, o una mísera papelera, que la misma esperpéntica vaquilla de siempre.

¡Va por ustedes!



Luis Pacheco.

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